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Joël Dicker: “Cada lector imagina personajes y lugares según su experiencia de vida y crea su propia novela”

El suizo Joël Dicker se convirtió en un fenómeno mundial con su primera novela y esa bendición se transformó, también, en un maleficio. Desde la publicación de La verdad sobre el caso Harry Quebert, Dicker parece obligado a rendir examen y demostrar que es aquel gran escritor que estaba destinado a ser. Si lo logra, es una respuesta que deben dar sus lectores, que siguen siendo una multitud y lo leen en más de treinta idiomas diferentes.

Aficionado a las tramas complejas y las historias de largo aliento, Dicker acaba de publicar su sexto libro. El enigma de la habitación 622 (Alfaguara) es, al igual que las anteriores, una novela que aborda al género policial desde una periferia extraña, que intenta resolver un crimen que sucedió hace años.

El protagonista de la novela es un joven escritor —y no es la primera vez que Dicker pone a un escritor en el centro de la escena, pero sí es la primera que el escritor se llama Joël Dicker— que llega a un hotel de montaña para pasar unos días de diciembre con la necesidad de curarse de un desamor. Mientras descubre que misteriosamente falta la habitación 622, se entera de que allí hubo un asesinato que nunca se aclaró y él se convierte así en el detective imprevisto que tratará de desovillar el misterio.

Desde su residencia en Ginebra, donde pasa el confinamiento producto de la pandemia del coronavirus, Dicker respondió por correo electrónico las preguntas de Infobae Cultura.

"El enigma de la habitación 622", de Joël Dicker (Alfaguara)“El enigma de la habitación 622”, de Joël Dicker (Alfaguara)

Hay una idea recurrente en la literatura que señala que toda novela es autobiográfica, en el sentido de que el escritor vuelca sus intereses, sus miedos, sus búsquedas. Pero en este caso, ¿cómo influye en esa idea la presencia de un personaje que se llama, justamente, Joël Dicker?

—Primero quiero decir que esta novela no es autobiográfica en absoluto. Hay algunos fragmentos que hablan de mi editor Bernard de Fallois. Son fragmentos claramente identificables; no estamos en la novela sino en el relato y allí cuento cosas ciertas. En cambio, todo lo que pasa en la novela —la investigación, el asesinato y todo lo que sucede— no es autobiográfico en absoluto. Pero me gustaría volver a la pregunta misma. Por qué el lector tiende a pensar que es autobiográfico: por el ejercicio de la lectura. Cuando leemos estamos ante un elemento autobiográfico. El lector imagina a los personajes y los lugares: crea su propia novela. La particularidad de la novela es que, al contrario del cine, donde todos ven la misma imagen, cada lector crea su propio imaginario. El imaginario del lector está basado en su experiencia de vida. Entonces, en el fondo, el lector tiene una visión autobiográfica de la novela, pero por él mismo. Y eso es lo interesante de la literatura.

Alguna vez dijo que la literatura y el cine son tan diferentes como la carne y el pescado (en la Argentina diríamos que son el agua y el aceite). Sus novelas, sin embargo, son muy visuales: ¿de qué manera influye la imagen en sus textos? ¿Qué intenta ver y mostrar cuando escribe?

—Es otra muy buena pregunta y me gustaría relacionarla con mi primera respuesta. Es cierto que a menudo me dicen que mis novelas son muy cinematográficas, muy visuales. Sí: pero si lees atentamente mis novelas verás que no describo a los personajes ni describo los lugares. O, si lo hago, es lo mínimo posible. Así que ese imaginario o esas imágenes que de golpe le aparecen al lector son sus propias imágenes. Me gusta involucrar al lector y proceder de modo tal que a él le corresponda crear el mundo del libro. Es su propio mundo literario. Insisto, entonces, en decir que la literatura y el cine son completamente opuestos. O, al menos, no son asimilables. El motivo por el cual se ven imágenes es porque invito al lector a que las vea.

Joël Dicker (Foto: Adrián Escandar)Joël Dicker (Foto: Adrián Escandar)

La verdad sobre el caso Harry Quebert se adaptó a serie de televisión. ¿De qué manera influyó en sus novelas la posibilidad de que se conviertan al formato audiovisual?

—No me lo planteo en absoluto. Tengo la suerte de vivir en Suiza, en Ginebra, una pequeña ciudad muy tranquila. Cuando escribo, escribo ante todo lo que tengo ganas de escribir. No me pregunto qué querrá el lector, qué querrán los directores de cine, qué debo hacer para los demás. Me pregunto qué tengo ganas de hacer para mí. Ese es el elemento más importante y el rumbo que mantiene mi trabajo.

En sus novelas hay búsquedas que se asocian a antiguos misterios irresueltos. ¿Qué es lo atrapante de esos enigmas?

—En realidad, lo que me fascina de los asesinatos que no están resueltos no es tanto el propio homicidio porque en una novela eso no es tan interesante. Hay un asesinato, hay alguien que mató y listo. Lo que sí me parece muy interesante son las razones, las explicaciones, los móviles y el paso del tiempo. Si se quiere, la marca que el tiempo va a imprimir después de un suceso, de un drama, en la familia de la víctima, en el culpable, aunque no lo conozcamos todavía. En fin, todos los efectos que provoque el tiempo y todo lo que eso revela de la psicología de los personajes.

¿Pueden leerse La desaparición de Stephanie Mailler o El enigma de la habitación 622 como “novelas de denuncia”? ¿Por qué?

—Si te refieres a que mis novelas denuncian una época o la situación en la que estamos, sí. En La desaparición de Stephanie Mailer se narraba la caída de la información, la caída de los periódicos, la caída de la prensa libre e independiente. Aquí, en El enigma de la habitación 622, narro la gran superchería del mundo en el que vivimos, nutrido por las “mentiras” de las redes sociales, de las mentiras de nosotros mismos, de lo que contamos de nosotros, de lo que transmitimos respecto de nosotros. Sí, eso es cierto. Denuncio eso.

En 2018, Joël Dicker visitó América latina. Aquí, en Buenos AiresEn 2018, Joël Dicker visitó América latina. Aquí, en Buenos Aires

Jorge Luis Borges está enterrado en Ginebra, ciudad en la que vive. Y hace unos años usted visitó la Argentina. ¿Cambió su manera de leerlo a partir de la visita a Buenos Aires? ¿Hay otros escritores argentinos que descubrió y quisiera destacar?

—Tuve la suerte de visitar Buenos Aires hace unos años. En particular, tuve la suerte de visitar lo que hoy se convirtió en una preciosa biblioteca municipal, en la que él mismo había trabajado. No creo que mi visita a Buenos Aires haya cambiado la manera en que leo su obra porque lo leí antes de haber ido a Buenos Aires. Debería releer su obra ahora; es más, quizá lo haga: tu pregunta me da ganas. ¡Quedé maravillado con Buenos Aires! Una ciudad absolutamente increíble, genial, con una riqueza, una vida, una belleza. Realmente me encantó y me dan ganas de volver a sumergirme en la literatura argentina y de releer a Borges.

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