domingo, octubre 2, 2022
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    Niños que mueren y matan: el reclutamiento de menores en las organizaciones narco de Rosario

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     Zoe Romero escuchó el timbre y se asomó a la puerta del almacén que atendía en Garzón al 3800. Era la noche del miércoles 3 de agosto, un horario en el que la gente evita la calle en esa zona del sudoeste de Rosario. Alguien que se había detenido a bordo de una moto le descargó una ráfaga de disparos que le provocaron la muerte una hora después. Tenía 15 años y con ella diecinueve menores fueron asesinados en lo que va del año en la ciudad, como parte de un ciclo de violencia que supera los peores registros históricos.

     

    “Una ciudad que es segura, transitable y vivible por los niños, lo será para todos los ciudadanos”. El pensamiento del pedagogo italiano Francesco Tonucci que inspiró proyectos educativos de la municipalidad local hoy podría ser un diagnóstico de los problemas de seguridad. Rosario se convirtió en la ciudad de niños que son asesinados en medio de los enfrentamientos entre bandas narcocriminales y también en la ciudad de niños que se inician en el delito para convertirse en sicarios y tiratiros, “la mano de obra más sencilla de reclutar”, según advierte el fiscal Pablo Socca.

     

    “Cada vez más observamos la presencia de menores en las bandas criminales, a partir de los 13 o 14 años”, agrega Socca. El fiscal del Ministerio Público de la Acusación lleva adelante la investigación contra un grupo liderado en los barrios Ludueña y Empalme Graneros por Mauro Gerez y gerenciado desde la cárcel provincial de Piñero, “que se caracteriza especialmente por la utilización de menores de edad”.

    Mauro Geréz, líder de una banda narco de barrio Ludueña

     

    Los menores suelen ser llamados “sapos” en la jerga narco, cuando cumplen la función de indicar objetivos de las bandas criminales. Están encargados de hacer “saltar” los quioscos de drogas de la competencia y los domicilios y comercios elegidos para las extorsiones.

    Los niños y adolescentes, detalla el fiscal Socca, “son además usados como tiratiros, para conducir autos en balaceras y para esconder armas, municiones o cualquier elemento relacionado con el producto de las actividades ilícitas”. Mauro Gerez reclutaba así soldaditos entre los chicos del barrio Ludueña que jugaban al fútbol en el club Padre Edgardo Montaldo, a los que ofrecía zapatillas como un modo de entrar en confianza.

     Rosario se convirtió en la ciudad de niños que son asesinados en medio de los enfrentamientos entre bandas narcocriminales y también en la ciudad de niños que se inician en el delito para convertirse en sicarios y tiratiros

    Ludueña es “un barrio tomado” por los narcos, según expresaron escuelas y otras instituciones de la zona en un comunicado elaborado después del crimen de Hugo Guantay, de 18 años. “La competencia desde nuestras prácticas pedagógicas con las organizaciones de narcomenudeo resulta desventajosa y arrasadora a la vez”, dijeron los firmantes.

     

    En las últimas cuarenta y ocho horas, dos personas fueron asesinadas y otras ocho resultaron heridas, entre ellas un niño de 9 años, en una serie de balaceras ocurridas en Ludueña. Jonatan Cabañas, de 28 años, y Esteban Cuenca murieron en circunstancias similares: cayeron baleados por motociclistas que abrieron fuego a mansalva contra las personas que estaban en la calle.

    El padre Edgardo Montaldo falleció el 25 de diciembre de 2016, durante años desempeñó su trabajo pastoral en el barrio Ludueña y fue un referente de niños y jóvenes

     

    Cuenca estaba en un puesto de venta de empanadas, después de jugar al fútbol con otros vecinos este último sábado. Los ataques de los tiratiros tienen como objetivo un quiosco de drogas que funciona frente a una plaza en las calles Vélez Sarsfield y Larrea, un punto céntrico del barrio.

     

    Hugo Guantay fue asesinado en la tarde del 29 de mayo a metros del edificio donde funcionan tres escuelas: la primaria “Luisa Mora de Olguín”, la secundaria “Don Bosco” y la nocturna, de enseñanza técnica, “Nazaret”. A partir de la conmoción por el episodio surgió la versión de que la comunidad educativa había pedido la construcción de un muro para resguardarse de las balaceras, “lo que fue un disparate”, según advierte Celeste Lepratti, referente social en Ludueña y también docente en la escuela “Nazaret”.

     

    “No existió un pedido de la comunidad para construir algo semejante. Lo que sí hubo fue un reclamo para que las autoridades del Estado se hagan presentes como actores políticos y presenten un plan para mejorar las condiciones de vida en Ludueña”, aclara Lepratti, ex concejal de Rosario.

     El barrio es víctima tanto de la violencia generada por los tiroteos como también de la violencia provocada por el olvido de políticas públicas básicas las cuales se padecen desde hace tiempo

    “El barrio es víctima tanto de la violencia generada por los tiroteos como también de la violencia provocada por el olvido de políticas públicas básicas las cuales se padecen desde hace tiempo”, enfatizaron las escuelas e instituciones de Ludueña en un comunicado que tuvo menos difusión que la insólita declaración del Ministerio de Educación de la provincia en apoyo a la construcción de un muro.

     

    En Ludueña falta alumbrado público -“entramos y salimos de la escuela a oscuras”, dice Lepratti- y las calles quedan intransitables con las lluvias. Las instituciones locales denuncian el “vaciamiento de ofertas culturales” de parte del Estado provincial y municipal. Solo dos líneas de colectivo recorren el barrio, con demoras de hasta sesenta minutos.

     

    El narcomenudeo encuentra posibilidades en ese contexto. “La banda de Gerez sigue activa -dice Socca sobre el grupo narco que recluta a niños y adolescentes-. Tenemos nuevas denuncias. Las detenciones que hicimos en el mes de mayo sirvieron para que no hicieran nada durante un par de semanas. Pero en estos días reaparecieron en Ludueña las extorsiones contra comerciantes, y sin duda queda gente por detener e imputar”.

     Las balaceras tienen un doble objetivo: intimidar a una persona extorsionada y atemorizar a sus vecinos para que también estén dispuestos a pagar

     

    El edificio donde funcionan las escuelas fue tiroteado en horario de ingreso de estudiantes, aunque las balas tenían como destino a una banda. También el club Padre Montaldo y La Hormigonera, un espacio donde funcionan talleres y actividades para niños y jóvenes, sufrieron atentados. “Pero la violencia no está naturalizada, como suele comentarse. Nadie quiere vivir de esta manera”, destaca Celeste Lepratti, hermana de Claudio “Pocho” Lepratti, el militante social asesinado por la policía en diciembre de 2001.

     

    Según el fiscal Socca las balaceras cotidianas en distintas zonas de Rosario “tienen un doble objetivo: intimidar a una persona extorsionada y atemorizar a sus vecinos para que también estén dispuestos a pagar”. El método se extiende a los tiroteos aplicados a la competencia por los puestos de venta de drogas: las bandas toman como blanco los domicilios o esquinas donde se reúnen los rivales, como sucedió en el ataque en el que fue asesinado el 1° de agosto Lucas Vega, de 13 años, en el noroeste de Rosario.

     

    El encarcelamiento de los jefes de banda determina la incorporación de mujeres al mercado narco e incide en la iniciación precoz de menores. “A veces al desbaratar una banda queda allanado el camino para otra rival. Las mujeres, de todas maneras, continúan las actividades ilícitas. Hasta hace unos años, la prisión cortaba el circuito; ahora es común detener a alguien y que al día siguiente ordene una extorsión o encargue un crimen”, afirma Socca.

     

    Los asesinatos de niños y jóvenes de Rosario y su zona de influencia aparecen como una estrategia consciente en algunos jefes de bandas. Fue el caso de Brandon Bay, actualmente preso en la cárcel federal de Marcos Paz, según varios registros de sus conversaciones telefónicas. “Hay que reventarle la cabeza a una mina y a un bebé”, ordenó a un sicario como parte del intento de instalarse en la ciudad de San Lorenzo “matando gente inocente” para sembrar el terror y cerró otro audio dirigido a un competidor con una multiplicación de amenazas: “te vamos a matar con el bebé encima, te mato el pibe, te mato a vos, a todos los que vayan caminando con vos, fijate”.

    Brandon Bay, líder de la banda “Los Gorditos”, una de las más sanguinarias que operan en el Gran Rosario

     

    La última investigación contra la banda de Bay concluyó con imputaciones por venta de drogas y balaceras contra su madre y dos de sus hermanas. El 7 de abril fue detenido uno de sus sobrinos, de 13 años. El ex ministro Marcelo Sain definió a Brandon como “un animal que ordena matar a lo mexicano”, en referencia a otra conversación telefónica en la que ordenó “cortar en pedazos” a un rival.

     

    Ariel Larroude, director del Observatorio de Política Criminal, señala no obstante “particularidades que no son propias de la periferia rosarina” en la violencia narco alrededor de adolescentes y niños: “La participación de menores en el delito, principalmente en la venta de drogas, es una característica de todos los tejidos sociales rotos donde las esperanzas de subsistencia bajo las reglas de vida que ofrece la Argentina resultan cuesta arriba o, directamente, negadas para muchos”.

     Hay muchos pibitos que quieren formar parte de estas bandas delictivas. Prácticamente es la única esperanza que tienen de reconocimiento y de ocupación

    El fiscal Socca coincide en el diagnóstico: “Hay muchos pibitos que quieren formar parte de estas bandas delictivas. Prácticamente es la única esperanza que tienen de reconocimiento y de ocupación”.

     

    En ese sentido, “la violencia juvenil se ha convertido en una cuestión netamente identitaria, vinculada a la construcción de masculinidades y de pertenencia social donde intervienen varios factores, no solo el económico”, afirma Larroude. Además del dinero, “aparecen cuestiones complejas o tan simples como la búsqueda de respeto a través del miedo, algo arquitectónico en la construcción de la personalidad del más jóvenes”, agrega el director del Observatorio de Política Criminal en diálogo con La Política Online.

     

    La participación de menores en hechos de violencia y su acceso a las armas quedó expuesta con crudeza el 16 de abril, Ayelén Gonzalez, de 25 años, retó a un vecino, de 14 años, por hacer disparos al aire en el barrio Bella Vista. Con la madre presa por narcotráfico y el padre también detenido como jefe de una asociación ilícita, el menor asesinó a González de cuatro disparos efectuados con una pistola 9 milímetros. “Antes el respeto en el barrio te lo ganabas jugando bien a la pelota, hoy los pibes se ganan ese respeto con un arma en la mano”, observa Larroude.

     Antes el respeto en el barrio te lo ganabas jugando bien a la pelota, hoy los pibes se ganan ese respeto con un arma en la mano

    Mientras el intendente Pablo Javkin pide que la provincia le delegue el nombramiento de los jefes de policía, la situación en Rosario descubre que los problemas de seguridad no se resuelven solo con la intervención policial. Efectivos de Gendarmería, Prefectura Naval, Policía Federal y Policía de Seguridad Aeroportuaria recorren la ciudad y sin embargo los crímenes y las balaceras persisten y se multiplican.

     

    “Después del asesinato de Huguito Guantay hubo un despliegue fenomenal de fuerzas de Gendarmería -cuenta Celeste Lepratti-. El barrio quedó sitiado y nos causó indignación la violencia con que trataron a quienes asistían al velatorio. Se demoraba y registraba a muchos jóvenes y a otros no, el criterio era la portación de cara. Al día siguiente ya no estaban: esa presencia fue una puesta en escena”.

     

    Desde 2013, año en que se inició el ciclo de guerra entre bandas, 192 niños y menores fueron víctimas de homicidios en Rosario. “Asistimos al desencadenamiento de sucesos que hubieran podido ser prevenidos -denuncian las escuelas de Ludueña-. ¿Cuándo nos tocará? ¿Cómo protegemos a los chicos y chicas dentro de la escuela? ¿Y a los que no pueden salir de sus casas por amenazas o por miedo?” No hay respuestas para esas preguntas en la ciudad que quiso “escuchar la voz de la infancia para que ella impregne las políticas públicas”, según el proyecto que aun sostiene el municipio, y que no puede impedir el asesinato de sus niños.

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