viernes, febrero 3, 2023
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    Massa celebra fuerte baja de la “inflación en dólares”: ¿alcanza para despejar el fantasma de la devaluación?

    Sergio Massa nunca menciona este dato cuando hace el recuento de los logros de su gestión: prefiere hablar del camino descendente de la inflación, del refuerzo en las reservas del Banco Central o del recorte del déficit fiscal. Pero lo cierto es que el gran cambio que imprimió en la economía fue el drástico recorte en la “inflación en dólares”, el indicador más claro del retraso cambiario.

    El 2022 cerró con un 12,7% de aumento de los precios argentinos, medidos en dólares. Si a esa cifra se le depura el efecto de la inflación estadounidense, entonces resulta que el encarecimiento real de los costos argentinos durante el año pasado fue de 5,3%.

    Es decir, igualmente el año terminó con un deterioro de la competitividad argentina -y, además, con un incumplimiento en uno de los compromisos asumidos en el “stand by” con el Fondo Monetario Internacional-, pero la situación se ha venido corrigiendo aceleradamente.

    En agosto, cuando Massa llegó al ministerio de Economía, la inflación en dólares anual era de 25%, producto de una sistemática diferencia entre el IPC y la tasa de devaluación. La clásica práctica del “ancla cambiaria” para frenar la inflación había llegado a su máxima expresión a mediados de 2021, cuando por cada tres puntos que subían los precios, el dólar se deslizaba apenas uno. En 2022, al firmar el acuerdo con el FMI esa práctica se moderó pero no se eliminó: en promedio la relación pasó a ser de dos puntos de devaluación por cada tres de inflación.

    Fue en el segundo semestre, ya con Massa en el ministerio -y después de haber sufrido una turbulencia cambiaria- que se tomó la decisión de acelerar el “crawling peg”: en agosto se había ubicado en 5,7%, subió a 6,2% en septiembre, a 6,4% en octubre y alcanzó un pico de 6,6% en noviembre.

    Pero, más importante que la sucesión ascendente de cifras, fue el hecho de que a partir de septiembre la tasa devaluatoria alcanzó y pasó al IPC. Y, aun cuando el deslizamiento del dólar se suavizó en diciembre -fue de 5,9%-, también volverá a superar a la inflación, que se ubicará en torno a 5%.

    La inflación medida en dólares pasó de 25% a 12% en un semestre

    La inflación medida en dólares pasó de 25% a 12,7% en un semestre, por la política de aceleración del “crawling peg”

     

    La conclusión es que la “inflación en dólares” se redujo a la mitad en un semestre, contradiciendo el escepticismo del mercado: la encuesta REM del Banco Central reflejaba, a mediados de año, una expectativa de que el 2022 terminaría con una inflación en dólares en torno del 24%.

    Salto del dólar: peligro latente

     

    La intención de Massa por revertir la situación de atraso cambiario fue evidente desde el inicio. Tanto, que en la presentación del proyecto de Presupuesto 2023, se había estimado que mientras la inflación del año se ubicaría en 60%, el dólar subiría algunos puntos por encima.

    El motivo era obvio: las expectativas de una inflación brusca estaban provocando distorsiones en la economía, de manera que los importadores adelantaban compras para stockear, al tiempo que los exportadores ralentizaban sus ventas. Además, como suele suceder en esos casos, se exacerbaron las prácticas fraudulentas de sobrefacturación de importaciones.

    Fue en ese contexto de déficit de la balanza comercial y de pelea intersectorial por ubicarse en el lugar prioritario a la hora de repartir los dólares escasos que la política cambiaria tuvo su punto de inflexión.

    Los antecedentes históricos ponían una grave nota de advertencia sobre lo que podía ocurrir si se seguía acumulando atraso cambiario: todas las grandes devaluaciones han ocurrido luego de un período en el que se acumuló una inflación en dólares de más de dos dígitos.

    Le pasó en enero de 2014 al entonces ministro Axel Kicillof, que debió convalidar un salto cambiario de 25% después de haber acumulado en dos años una “inflación en dólares” de 16%. Y también le ocurrió a la gestión macrista, que en su primera mitad alcanzó un retraso cambiario de 23% y sufrió la escapada del dólar en 2018 incluso con los dólares que le prestó el Fondo Monetario para calmar -sin mucho éxito- a un mercado nervioso.

    Esos antecedentes son los que llevan a muchos economistas a advertirle a Massa que, si bien la nueva política de devaluar por encima de la inflación supuso un alivio, no termina de ahuyentar el riesgo de una devaluación brusca. Y ponen como prueba el hecho de que para reforzar las reservas el Gobierno se vea obligado a prácticas distorsivas, como las dos ediciones del “dólar soja”.

    Sergio Massa consiguió disipar el riesgo de una devaluación inminente; sin embargo, para los analistas el riesgo todavía no está superado

    Sergio Massa consiguió disipar el riesgo de una devaluación inminente. Para los analistas siguen vigentes las distorsiones

    Suba del dólar: ¿demasiado rápido o demasiado lento?

     

    ¿Cómo seguirá la política cambiaria? Es uno de los grandes temas de debate en el mercado, donde se verifican fuerzas contradictorias: por un lado, la presión al alza de quienes argumentan que ante la suba del blue se debería mantener un “crawling peg” alto; por la otra parte, las críticas de quienes extrañan un “ancla” cambiaria y afirman que una tasa de devaluación alta puede transformarse en sí mismo en un factor inflacionario.

    Es cierto que la brecha cambiaria el blue y el tipo de cambio oficial es otro indicador clásico de atraso cambiario en tiempos de cepo. Y si bien la actual brecha de 90% es muy inferior al pico de 160% que se alcanzo durante el pánico de julio, también se ubica muy por encima del 57% que se registraba a mediados del 2021.

    El Banco Central resistió las presiones a una mayor devaluación, con el argumento de que su situación de reservas se estaba fortaleciendo gracias al aluvión de divisas que ingresaron en las últimas jornadas del año gracias a la exportación sojera

    Lo que en realidad el BCRA estaba diciendo tácitamente era que, esta vez, el dólar blue no había subido como consecuencia de un deterioro en las reservas sino por motivos pasajeros, propios del mercado informal. Y que, en consecuencia, era lógico que la tasa devaluatoria no acelerara para ponerse a tono con el paralelo sino que, por el contrario, se moderara para alinearse con la inflación.

    Pero, por otra parte, también resistió las presiones -en general, provenientes desde la propia interna de la coalición gubernamental- para volver a enfriar el tipo de cambio. Esa crítica, muy notoria por parte de economistas cercanos a Cristina Kirchner, apunta a que un “crawling peg” acelerado termina cumpliendo el rol de acelerador de la inflación, porque los comerciantes toman al blue como referencia. Y agregan, además, impide una más rápida recuperación salarial.

    Entre esos dos fuegos, Massa sostiene el discurso del “alineamiento” de las variables. “Estoy seguro que vamos a seguir bajando la inflación porque cuando ordenás las cuentas, te proponés acumular reservas, alineas la tasa de interés, y recorrés un planteo de acuerdo y buen uso de los instrumentos económicos para mejores ofertas para el consumidor, el objetivo lo lográs”, había dicho el ministro el ministro en una entrevista.

    El Gobierno proyecta una mejora en el saldo comercial para este año, gracias a una disminución en las importaciones de gas

    El Gobierno proyecta una mejora en el saldo comercial para este año, gracias a una disminución en las importaciones de gas

     

    Es por eso que las expectativas de los economistas apuntan a que, en el arranque del año, se acentuará la tendencia a que el dólar esté alineado con la inflación, lo que supone que se irá aproximando a un nivel de 5% mensual.

    De todas formas, a juzgar por las proyecciones de la encuesta REM, el riesgo de que la “inflación en dólares” vuelva a subir no está despejado. Mientras se espera que la inflación para el 2023 cierre en torno de 98,4%, se espera que la cotización del dólar oficial se deslice un 84%. Es decir, esperan que el año cierre con un encarecimiento en dólares de 8%.

    La lupa sobre los dólares de la balanza comercial

     

    El otro gran indicador de atraso cambiario -y, en sí mismo, un factor de presión para un “crawling peg” más acelerado- es el saldo de la balanza comercial. En los momentos de mayor turbulencia cambiaria, hubo meses con déficit comercial, algo que un país sin acceso a los mercados de crédito no se puede permitir.

    Massa, en su proyecto de presupuesto, había pronosticado que 2022 iba a finalizar con un superávit de u$s7.700 millones, algo que parecía imposible en un momento en que las importaciones batían récords históricos, por encima de u$s8.000 millones mensuales. Sin embargo, el ministro se aproximará a su meta, no tanto por haber mejorado la ecuación cambiaria sino por la vía de una fuerte restricción a las importaciones, que llevó a que diciembre cerrara con compras por unos u$s5.000 millones, según informaciones filtradas desde oficinas oficiales.

    Esa cifra confirma la sospecha de los economistas, que habían advertido que el Gobierno forzaría a una caída interanual de 20% en las importaciones, una situación que lleva a la industria a un riesgo de recesión, por la dificultad para acceder a los insumos para la producción.

    De esta forma, las importaciones totales del año pasado cerraron en torno a u$s81.500 millones contra exportaciones por unos u$s89.000 millones, en línea con la proyección oficial. Pero ese hecho no implica que el mercado considere viable la meta de superávit comercial para el 2023, que es más ambiciosa.

    En contrea del optimismo del Gobierno, los analistas advierten por posibles turbulencias cambiarias, derivadas de la menor exportación agrícola

    En contrea del optimismo del Gobierno, los analistas advierten por posibles turbulencias cambiarias, derivadas de la menor exportación agrícola

     

    El Gobierno, según el ambicioso plan exportador presentado por el canciller Santiago Cafiero, espera que este año la balanza comercial deje unos u$s12.300 millones, gracias a la combinación de una gran aumento exportador -que lleve las ventas hasta los u$s105.000 millones- y una menor dependencia de las importaciones de gas, por el avance en las obras del gasoducto Kirchner.

    Sin embargo, hay miradas escépticas sobre la consecución de esa meta. De hecho, el consenso de los economistas no cree que las exportaciones de este año puedan llegar a u$s85.000 millones. La principal duda obedece al aporte del sector agropecuario, el principal motor de la exportación, que en 2023 estará severamente afectado por la sequía.

    Puesto en números, las proyecciones del sector privado apuntan a ventas del campo por u$s37.000 millones, lo que implica una caída de 10%, sólo por efecto de una cosecha menos rendidora. Y esa predicción podría verse agravada si se acentúa la tendencia bajista en los precios del mercado global.

    Y la encuesta REM prevé que este año caerán tanto las exportaciones -un 5,4%- como las importaciones -un 4,6%-, lo cual dejaría para diciembre próximo un modesto superávit anual de u$s6.000 millones.

     

    En los hechos, esto implica un factor adicional de presión para que el ritmo devaluatorio se mantenga por encima de la variación inflacionaria durante el 2023.

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